Algo pesado corría sobre el techo de la casa (cuento)
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Guiada por su intuición, Lupita decidió volver al pueblo donde una vez fue niña. Tenía la corazonada de que para liberarse, ahora de adulta, de la persecución del Güin, debía confrontarlo cara a cara. Resolvió hacerlo porque tres veces un sueño recurrente la atormentó en noches imprevisibles. En ese mundo onírico, revivía la madrugada del velorio de su abuela. Tenía apenas cuatro años y su madre la acostó en la cama de la habitación donde, horas antes, la pariente que ahora le parecía tan lejana había dejado el plano terrenal. A un lado, en la sala, un grupo de señoras rezaban un rosario de cuerpo presente que poco a poco la sumió en un húmedo letargo. Ya estando en el estado de duermevela, entre la vigilia y el sueño, un extraño animal levantó la lámina de zinc del cuarto y la observó con sus ojos enormes.
La intuición no era nada nuevo para ella; era, en realidad, su fiel compañera de vida. Como psicoterapeuta, se había inclinado al estudio de la metafísica como una terapia personal y de autoconocimiento para tratar los dolores emocionales de sus pacientes. Confiaba en su intuición más que en lo aprendido en las aulas, incluso más de lo que había aprendido leyendo a Freud, a Jung y a Adler. Sin necesidad de ver el reloj, su intuición le dictaba la hora exacta del día, sabía de qué iba a tratar esa llamada que entraba entre sesiones, cuál era el diagnóstico de su paciente, cuál su dolor espiritual y cuál el tratamiento, todo sin necesidad de usar el intelecto.
Sí, era apenas una niña cuando el Güin se le apareció. Recordaba ese mes de marzo. Su madre la sacó de la escuela entre llantos, jalandola del brazo y gritando: ≪¡Está muerta, está muerta, tu abuela está muerta!≫. Luego, tenía imágenes del trayecto en el bus de parrilla; de su madre dándole un manojo de flores para que las pusiera en sus rodillas mientras emprendían el viaje a la costa sur de Guatemala.
Cuando llegaron al pueblo, que sólo visitaban para la noche de Nochevieja, los familiares y conocidos ya estaban reunidos envueltos en el sopor del velorio. Recordaba las calles de tierra, el centro del poblado donde se vendían huevos de iguana, el tanque de agua donde las señoras lavaban, y a su par, la gran casa de madera de su abuela, el cuerpo en el féretro, las enormes velas de muerto que intensificaban los calores nocturnos y humanos, y la gigantesca carpa instalada en la calle donde las sillas se amontonaban, sin ningún orden específico, esperando más dolientes.
Fue también la primera vez que, quizá, su intuición la visitó, porque mientras la oscuridad avanzaba, supo que el velorio no terminaría pronto y que toda esa gente amanecería allí contando anécdotas y chistes sobre la fallecida hasta que fuera hora de irse al camposanto. Fue entonces cuando le dijo a su madre que estaba cansada, y ella la acomodó en la cama donde su abuela había fallecido esa misma mañana de marzo. La niña se quedó medio dormida, protegida por un mosquitero, mientras sudaba la mala hora previa a su desgracia.
Cuando empezó a entrar en el estado de duermevela, sucedió:
Escuchó cómo algo pesado corría, a gran velocidad, sobre el techo de la casa. Era muy rápido, en verdad era veloz y pesado. Al abrir los ojos, descubrió cómo las láminas se doblaban por la gravedad de lo que sucedía arriba. Era un sonido que, supo, no era de este mundo, porque le provocaba una sensación extraña de no pertenecer, por un momento, a la realidad. La presencia de esa cosa era tan fuerte que pensó que caería en la habitación. Pero, al contrario, hubo un silencio pasajero que la estremeció antes de la fatalidad: a los pocos segundos, una mano peluda, de humano pero con garras de perro, levantó la lámina aflojando los clavos de la madera donde se sostenía, y vio a un perro grande, viejo y babeante, mirándola con sus ojos rojos y puntiagudos mientras le ofrecía una sonrisa gigantesca que dejaba ver sus colmillos.
Lupita salió corriendo del cuarto y, al pasar, volcó una candela. Las rezadoras parecían ajenas a lo que había ocurrido hasta cuando ya estaba sucediendo lo fatal. El vestido de encaje que llevaba pronto agarró las llamas, y su cuerpo se vio envuelto en fuego, quemándole la pierna derecha y dejándole una cicatriz para siempre, un morado que creció con ella, hasta ahora, en el año de sus 33 años.
≪¡Me asustó!≫, gritaba entre el fuego. ≪¡Me asustó!, ¡hay un animal en ese cuarto!≫, decía, mientras las rezadoras intentaban quitarle el vestido e iban corriendo por agua al tanque público al lado de la casa.
Si algo recordaba muy bien, ahora que regresaba al pueblo, era la certeza de que una quemadura duele más cuando sucede en la costa. Se había quemado muchas veces en la vida, pero ninguna le dolió tanto como aquella noche y en los días siguientes, durante las novenas, cuando tenía que meter la pierna al tanque para sentir un poco de alivio.
Aún no había amanecido cuando le aplicaron ungüento, y esta vez su madre decidió acompañarla en la cama para que pudiera dormir unos momentos. Sin embargo, no pudo. El ardor era insoportable. Observaba entre las ranuras de las tablas de las paredes de madera a los hombres del velorio, sentados en las sillas, con las camisetas levantadas sobre el ombligo, abanicándose y tomando cerveza. ≪Se le apareció el Güin a la pequeña≫, decía uno.
Y fue esa misma madrugada, en la que la pasó asustada y delirante por el dolor que escuchó la historia entre las conversaciones de los señores, que a cualquiera le hubieran parecido murmullos, a todos, menos a ella:
—El Güin es un hombre malo que tiene la capacidad de convertirse en perro a voluntad. Se sube a los techos de las casas para causar alboroto y se roba a las gallinas.
Escuchó que había que atraparlo y azotarlo para que dejara de hacer alboroto; escuchó, también, que una vez castigado se convertía en hombre y salía huyendo, aunque siempre regresaba por temporadas.
Aquel pasaje de su infancia desapareció en de su vida, hasta cuando, exhausta después de atender a su último paciente un viernes por la noche, regresó a su casa en la ciudad y se quedó profundamente dormida en el sillón mientras veía una película. Ese episodio de sus cuatro años, volvió en sueños por tres veces.
Los ojos estaban presentes, imborrables cada noche en los que el proceso de alienación se instauró en su alma, hasta hacerle perder la virtud de estar en medio de las coordenadas de la tierra. Dejó de atender en el consultorio una semana antes de haber esperando a que llegara la genuina inspiración de la intuición. A que le dictara lo que debía hacer, y de hecho, fue su fe en ella la que le dijo que debía regresar al pueblo donde una vez fue niña, al cual no había vuelto desde hace una década, cuando su madre falleció. Regresaría a la vieja casa de su abuela que recibió como herencia, y dormir en la misma cama, que seguramente permanecía intacta, encapsulando el tiempo de otras eras, para intentar, por fin, quedarse dormida y, en medio del estado de duermevela, volver a tener contacto con él.
Pero, en efecto, ya era otro tiempo y otro pueblo. Las casas de madera y lámina se habían cambiado por casas de block con terraza, y en lugar de tiendas y cantinas alumbradas al anochecer con velas y focos amarillos, ahora había locales de ventas de cosas pirateadas, ropa americana y artículos de plástico que la alejaban del recuerdo nostálgico de su infancia. Pero había algo extraño, demasiado extraño: los locales, aunque abiertos, estaban vacíos. Las calles estaban vacías, y un maldito aroma le recordaba la presencia de la muerte, ese olor que sus pacientes suicidas llevaban cuando ambos sabían que sería la última vez que se verían, y que la terapia no había funcionado, no porque su intuición fallara, sino porque en verdad ya no había nada que hacer.
Recorrió las mismas calles hasta llegar al centro de la ciudad, donde las luces de neón de feria de dos o tres casetas esperaban a sus dueños como si aquello fuera un pueblo fantasma. Tenía sed, pero nadie servía la horchata; tenía calor, y la humedad de las cuatro de la tarde le golpeaba la cara con un tierno beso que la envolvía en el sudor de una aventura que le parecía extraña. ≪Seguiré soñando≫, dijo, pero el golpe de la realidad activó el mecanismo de su consciencia cuando apareció un grupo de niños descalzos saliendo de entre las champas improvisadas del mercado municipal, corriendo y tratando de desenredar una soga. ≪Apresurémonos≫, dijo uno de ellos, y ella corrió tras ellos para preguntarles dónde estaban los demás.
—Es que lo agarraron —dijo otro—, agarraron al ladrón de gallinas.
—Lo quieren amarrar a un poste en el campo de fútbol —gritó a la distancia el más pequeño.
Lupita supo entonces que el encuentro estaba cerca. No se había equivocado: algo estaba ocurriendo en este pueblo, y ella había regresado para rendir cuentas, para saber, por fin, y conocer la forma humana de quien la llamaba en sueños.
Persiguió a los niños hasta llegar al campo de fútbol, y encontró a la multitud en círculo y en el centro reconoció una figura humana demacrada, golpeada, y con la boca empapada en sangre, pidiendo perdón.
El bullicio era ensordecedor, pero se distinguían las constantes palabras ≪ladrón, ladrón, ladrón≫. Mientras Lupita se abría paso entre la multitud, sintió cómo la mirada de alguien conocido se posaba en ella.
Lupita avanzaba entre la muchedumbre con firmeza, sintiendo que cada paso la acercaba no solo a su destino físico, sino a una culminación inevitable. Algo en su interior parecía estar ajustando cuentas, y gracias a sus estudios de metafísica, comprendía que el universo estaba alineándose justo para este momento.
Al llegar al frente de la multitud, lo vio. No hubo dudas en ella. Estaba sentado y hundido en las alucinaciones de sus golpes. Aquellos ojos inyectados en sangre eran los mismos que la miraron cuando era una niña. Lupita se sintió libre, inspirada, completamente humana. Con voz clara y firme, señaló: ≪Él fue... él fue...≫, mientras se bajaba el pantalón beige, mostrando la quemadura que aún marcaba su piel. ≪Hay que prenderle fuego por lo que me hizo≫, sentenció.
La turba, como movida por el instinto primitivo, desechó la idea de amarrarlo a un poste y roció gasolina sobre el hombre. Uno de los ancianos, con su autoridad sobre las cosas del pueblo, fue quien le prendió fuego con un mechero. El ladrón, envuelto en llamas, corrió por todo el campo de fútbol, gritando de dolor, tratando con fuerza humana, pero también sin esperanza, arrancar su carne mientras su cuerpo ardía. Los minutos transcurrieron lentamente, hasta que su figura, envuelta en el umbral entre lo vivo y lo muerto, colapsó en el centro del campo. Lo que quedó de él no era más que un pedazo de carbón. El olor le recordó a Lupita el de su propio vestido quemado tantos años atrás.
La multitud se dispersó sin hacerle preguntas, como si el acto de justicia fuera tan natural que no necesita explicación. Nadie parecía reconocerla, y ella ya no conocía a nadie. Sintiéndose invadida por la nostalgia, decidió regresar a la casa de su abuela.
En una banqueta, una vecina anciana, flaca y encorvada estaba sentada recibiendo el último rayo de sol del día. La última vez que Lupita la vio, era una señora de apenas 50 años muy gorda. Fue la única que la reconoció:
—Vaya, que vino a ver su casita —dijo la mujer, mientras la noche empezaba a caer—. Hoy quemaron a un loco.
—Lo sé, lo fui a ver. Me hizo tanto daño —respondió Lupita.
—¿Acaso lo conocía?
—Demasiado bien —dijo entre un suspiro aliviado.
Exhausta, entró en la casa y descubrió que todo seguía igual. Las fotos familiares, los recuerdos de viajes a la costa, el calor envolvente de tiempos pasados y sobre todo la lámina abollada del cuarto de su abuela, y la cama en la que cayó rendida, finalmente libre del espasmo de su infancia. Mientras se estaba quedando dormida, algo pesado comenzó a correr sobre las láminas del techo. Atemorizada, Lupita se cubrió la cara con las sábanas, incapaz de reunir el valor para mirar.
Al día siguiente, con la luz del amanecer, decidió ir al tanque público a lavarse la cara. Allí, vio una colonia de gatos paseando por el lugar y bebiendo del tanque. La vecina se le acercó y le dijo:
—Vaya, que vino a ver su casita, tengo muchas cosas que decirle. Sus láminas ya están muy viejas, es por los gatos. Pasan por el tejado para venir a tomar agua al tanque.
De pronto, todo cobró sentido. A Lupita nunca se le apareció Güin cuando era niña. Lo que vio fue un gato que transitaba por el tejado para llegar al tanque. Su mente infantil, escuchando las historias de los hombres sobre el Güin, transformó al inocente gato que la vio asustado entre las grietas en el monstruo que la aterrorizó durante los sueños.
Pero lo más cruel fue darse cuenta de que aquel ladrón de gallinas, castigado, pero que quizá no merecía morir, había sido quemado vivo por su culpa. La cicatriz que ella mostró no había sido infligida por él, sino por una historia que, ahora lo entendía, su mente de niña había malinterpretado. Entendió que su abuela estaba muerta, su madre estaba muerta, sencillamente muertas, y que los tres sueños, solo habían sido eso, sueños.
Comprendió, entre su desdicha, que su intuición la había traicionado.
SEGUNDO LUGAR EN CUENTO CORTO, CERTAMEN DE LITERATURA, ARTE Y CULTURA GUATEPAZ 2024.
José J. Guzmán
José J. Guzmán (Quetzaltenango, 1993). Licenciado en Comunicación Social. Más de 10 años de experiencia en medios de comunicación. Tiene un libro de poemas publicados: “La Escena Absoluta” (2012).
OpiniónLiteratura
Cuando el cielo abre sus manos
Hoy es un buen día para levantar la mirada al cielo y agradecer. El Padre Celestial sigue obrando, sigue sosteniendo y sigue abriendo caminos donde parecen no existir.
En cada amanecer, en cada respiración y en cada bendición que recibimos, se manifiesta el amor perfecto de nuestro Padre Celestial. Dios no es un Padre distante; es un Padre cercano, atento y proveedor. Su corazón está lleno de compasión hacia sus hijos, y su fidelidad permanece para siempre.
Muchas veces atravesamos momentos de incertidumbre, necesidades o preocupaciones. Sin embargo, la Palabra nos recuerda: “Mi Dios suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria” (Filipenses 4:19). Esta promesa nos invita a confiar plenamente en Aquel que conoce nuestras necesidades antes de que las expresemos.
Jesús enseñó: “Mirad las aves del cielo... vuestro Padre celestial las alimenta”. Si Dios cuida de las aves y viste con hermosura los lirios del campo, cuánto más cuidará de nosotros, Sus hijos amados. Su provisión no siempre llega de la manera que esperamos, pero siempre llega en el momento perfecto.
El amor del Padre va más allá de lo material. Él provee paz para el corazón angustiado, fortaleza para el cansado y esperanza para quien siente que ya no puede continuar. Como declara el salmista: “Jehová es mi pastor; nada me faltará”.
Hoy es un buen día para levantar la mirada al cielo y agradecer. El Padre Celestial sigue obrando, sigue sosteniendo y sigue abriendo caminos donde parecen no existir.
Confía en Su amor, descansa en Sus promesas y camina con fe. El Dios que te creó también es el Dios que te sustenta, y jamás abandonará a quienes ponen su confianza en Él.
Edwin Ibarra
Médico Especialista en Cardiología y Ecocardiografía. Coach, conferencista y entrenador certificado por el Programa de John Maxwell, Pastor de la Red de Empresarios y Profesionales de Iglesia Bethania Quetzaltenango. Fundador de los Proyectos “Sanando el Corazón” y “Discipulado Empresarial 20/20”.
OpiniónReflexión
El cinturón: el aliado inesperado que eleva tu imagen
Cada accesorio que elegimos para acompañar un atuendo tiene una función: puede ser elegancia, formalidad, creatividad, feminidad y una variedad muy amplia que permite jugar de múltiples formas. Pero el cinturón es un aliado estratégico en el día a día. Te comparto 5 reglas para elegir el más adecuado y saber cuándo usarlo para elevar tu imagen personal.
1. Grosor del cinturón: elige anchos para darle estructura a tu silueta; puedes usarlos sobre blazers y vestidos. Es ideal para torsos largos. Los delgados son sutiles, perfectos para looks minimalistas y elegantes.
2. Colores: las tonalidades vibrantes y los estampados le dan un punto focal a tu look; los colores atemporales brindan formalidad y estilo.
3. Úsalo para mejorar las proporciones: si deseas visualmente alargar la figura, utiliza el cinturón del mismo tono del pantalón; si deseas alargar el torso, elige un cinturón del mismo tono que la blusa.
4. Haz que complemente el look: el color, la hebilla, la textura y el diseño deben integrarse con el resto del atuendo. En el caso de los caballeros, el cinturón es un accesorio infaltable y debe ser a juego con los zapatos para crear armonía en un look formal. En un atuendo informal, puede usarse en colores cercanos al pantalón.
5. Evita usarlo en estos casos: en el caso de las mujeres, cuando se busca una caída limpia en las prendas, cuando ya hay un diseño acinturado como un enterizo, un traje sastre moderno o un vestido en telas livianas que no requiere el uso de cinturón, ya que, al prescindir de él, la imagen se verá en armonía.
Cada accesorio comunica y juega un papel importante en tu imagen; el cinturón refleja equilibrio, intención y estética. Una regla básica que te indica el uso de este son los pasadores en jeans, faldas o pantalones de vestir. Recuerda que, en los pequeños detalles, está el poder de tu imagen.
Carol Contreras
Coach de Imagen
Y me hice Maestro
De las profesiones más nobles y significativas en la formación y desarrollo de futuras generaciones es la de ser Maestro, porque no solo se trata de facilitar y transmitir conocimientos; se trata de una responsabilidad que va más allá de los conocimientos: es convertirse en la persona que influye, guía, descubre y cultiva habilidades en sus estudiantes.
Ser Maestro es ser un libro abierto ante los estudiantes, quienes ven mucho más allá de una figura que comunica conocimientos: un modelo a imitar y, en ocasiones, el lugar más seguro en quien confiar miedos, problemas y necesidades.
Ser maestro es ser aquel ser que cincela y esculpe la vida de un niño para transformarlo en una bella obra maestra; es y será un ser influyente cuyo único respaldo es la coherencia entre lo que dice y lo que hace, porque no puede hablar a los estudiantes de alcanzar un sueño sin soñar que el medio más seguro para transformar el mundo es la educación.
Ser Maestro es la persona que no puede hablar de compromiso y responsabilidad sin tener presente que la vocación es el mejor aliado y que no es un asalariado, como es subestimada y tildada actualmente la figura del docente.
Ser Maestro es ser esa persona que ha caminado muchos kilómetros, ha soportado la inclemencia del tiempo, quien en ocasiones se ha caído, pero se ha levantado; siempre tiene una sonrisa en sus labios, en su corazón y en sus brazos un espacio para cobijar a sus pupilos, y lo digo en sentido figurado.
¿Quién no recuerda con aprecio y nostalgia a un maestro que tuvo a lo largo de su vida?
Por eso hoy agradezco y honro al gremio de maestros que, con vocación y trabajo, han hecho de la vida de alguien una obra maestra. Anticipadamente, ¡FELIZ DÍA DEL MAESTRO!
Tenga presente que en la vida todo tiene sentido. Buen inicio de semana.
Silvia Morales Paniagua
Docente de nivel primario y básico con Especialidad en Ciencias Naturales. Licenciada en Administración Educativa y Magíster en Educación Superior.
Los Judas de los tiempos actuales
Los Judas siempre han existido en la historia de la humanidad y en la historia de la Iglesia. Hay Judas dentro y fuera de la Iglesia, dentro y fuera de las empresas públicas y privadas. Jesús llama a doce hombres para formar su equipo de trabajo, para que sean sus discípulos. Y los llama para que le ayuden a trabajar y a construir el reino de su Padre. Entre los llamados no todos tienen salud mental. Hay varios enfermos, entre ellos Judas Iscariote. Jesús sabía que solo no podía. Estaba consciente de que la construcción del reino de Dios requería del apoyo de otras personas. Por eso dice: “La cosecha es mucha y los trabajadores pocos… Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus inmundos y curar toda clase de enfermedades y dolencias. Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón Pedro y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Tadeo; Simón el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor”, (Mt 9, 36-10, 8). Los envía a buscar a las ovejas perdidas y a proclamar por el camino que ya se acerca el reino de Dios.
Los envía a echar fuera a los demonios que estaban por todas partes, especialmente entre los escribas y fariseos, quienes se consideraban los únicos sanos. Cada uno de estos hombres tenía la oportunidad de colaborar en la construcción del reino de Dios. Pero no todos tenían clara su misión, por lo que no todos aprovecharon esta oportunidad, entre ellos Judas Iscariote. Este hombre tenía un corazón de piedra y una cabeza dura. Era un hombre malo e hipócrita, porque tuvo el descaro de vender a quien lo había llamado a formar parte de su grupo.
¿Tiene usted algún Judas en su empresa, en su tienda, en su familia? ¿Será que hay algunos o algunas Judas dentro de su parroquia? Creo que sí. A los judas modernos hay que identificarlos y tenerlos a la vista. Nunca odiarlos. El saber dónde están nos ayuda a tenerlos a la vista para cuando llegue la justicia divina. Tarde o temprano los traicioneros experimentarán en su propia vida lo que le han dado a la vida. Y no es que uno se los esté deseando, sino que la vida misma se encarga de poner a cada uno en su lugar. Solo es cuestión de tiempo, porque el tiempo tarda, pero no olvida.
Hay un ejemplo de una mujer en el Antiguo Testamento que sale igualito a su madre o, peor creo. Es una tal Atalía, hija de Ajab y Jezabel. Los padres de esta mujer, en vida, habían sido muy malos, y como dice el refrán: “de tal palo tal astilla”. Esta Atalía decide exterminar a toda la familia real, da un golpe de Estado para quedarse ella en el trono. Pero Yehosebá, hija del rey Joram y hermana de Ocozías, tomó a su sobrino Joás y lo escondió en el templo. Años más tarde esta mujer, Atalía, es derrocada, y es ungido Joás como rey del pueblo, (2 Re 11, 1-4. 9-18.20).
Actualmente hay muchas Atalías, es decir, hombres y mujeres malos, que comen el Cuerpo de Cristo, pero en su vida diaria se dedican a desparramar maldad por todas partes. Pero, como dice el refrán: “el que mal hace mal acaba”. No es que Dios castigue, sino que la vida devuelve lo que uno le da. Y si alguien se dedica a hacer daño, tarde o temprano experimentará en su propia vida las consecuencias de sus acciones.
P. Orlando Pérez
Sacerdote católico, Licenciado en Teología, Licenciado en Psicología General, catedrático universitario, con una maestría en Docencia Superior Universitaria.
La integridad como valor y cualidad
La integridad, como valor y cualidad, es sinónimo de bienestar personal y bienestar social. Tenga siempre presente que, en la vida, todo tiene sentido.
Hace unos días estaba observando cómo una compañera de trabajo compartía, en una charla, el valor del silencio. Para ejemplificarlo, realizó un ejercicio que consistía en pasar de mano en mano, entre los estudiantes, un manojo de llaves sin hacer ruido. El reto era que los 120 estudiantes participantes lograran tener en su poder el manojo de llaves en absoluto silencio.
Algunos estudiantes se reían o emitían sonidos que interrumpían el ejercicio. En la tercera oportunidad que les dio, decidí tomar mi celular y grabar el momento. Los estudiantes, al ver que estaban siendo observados a través de un dispositivo y que se evidenciaría si alguien interrumpía el ejercicio, lograron permanecer en silencio y cumplir el reto.
Esta anécdota me hizo reflexionar sobre el valor y la cualidad que tiene una persona para hacer lo correcto en diversas situaciones, aun cuando nadie la esté observando. Es muy fácil hacer lo correcto cuando estamos siendo vistos por alguien; sin embargo, somos una sociedad carente de este valor y cualidad esencial que debe acompañarnos a lo largo de la vida.
Jesús es el máximo ejemplo y modelo de integridad al hacer la voluntad de Dios en su vida. Ser íntegro significa ser honesto, coherente y respetuoso, primeramente con uno mismo y también con las demás personas. En realidad, la integridad no solo demanda honestidad externa, sino que implica tener un corazón y una mente alineados con la voluntad de Dios.
Aplicar la integridad como un valor diario fortalece la autoestima, genera bienestar emocional y propicia la toma de decisiones correctas. A nivel personal, contribuye al crecimiento individual; y, a nivel social, fomenta la confianza y la responsabilidad, construye una sociedad más armoniosa y mejora el ambiente en las relaciones sociales.
La integridad, como valor y cualidad, es sinónimo de bienestar personal y bienestar social. Tenga siempre presente que, en la vida, todo tiene sentido.
Silvia Morales Paniagua
Docente de nivel primario y básico con Especialidad en Ciencias Naturales. Licenciada en Administración Educativa y Magíster en Educación Superior.
OpiniónIntegridad
El costo oculto de hacer un trabajo a medias
Esta falta de conciencia sobre el impacto de sus errores y cuando la persona está acostumbrada a que otros resuelvan, es una persona que desarrolla dependencia laboral.
En cualquier organización es normal que existan procesos de revisión, cambios, correcciones y actualizaciones, pero cuando los cambios son debido a que una persona entrega constantemente los trabajos incompletos, con errores o de baja calidad y estos deben ser corregidos por otros, surge la duda del nivel profesional que tiene esta persona.
Desde la psicología organizacional, el profesionalismo no se mide únicamente por los conocimientos técnicos, sino también por los valores de responsabilidad, compromiso, atención al detalle y la capacidad de asumir las consecuencias de sus propias acciones. Cuando una persona tiene que corregir su trabajo, aunque en el fondo el conocimiento técnico sí esté implementado, únicamente indica la mediocridad en el trabajo. Este juicio es muy duro para cualquier profesional, porque la percepción de los demás sobre su desempeño genera desconfianza; con el tiempo esta persona va a dejar de ser tomada en cuenta.
Una persona que corrige estas actitudes y con el tiempo va cambiando bajo las observaciones o las correcciones realizadas, indica que ha sido falta de capacitación o de tiempo para revisar los detalles. Sin embargo, cuando la actitud es contraria y se desentiende de esos errores y se acomoda para que alguien más los revise y los corrija y sigue repitiendo los mismos patrones, es una persona que ha desarrollado una dependencia laboral que limita su crecimiento laboral, lo que se resume a falta de interés por mejorar. Cuando esta actitud se vuelve constante, se pueden deteriorar las relaciones laborales y afecta la credibilidad de la persona sobre su trabajo.
Esta falta de conciencia sobre el impacto de sus errores y cuando la persona está acostumbrada a que otros se la resuelvan, es una persona que desarrolla dependencia laboral y su crecimiento profesional se limita. Desde la inteligencia emocional, asumir esa responsabilidad de aprender, reconocer sus errores, aprender de los mismos y mejorar la calidad de su trabajo es una señal de madurez profesional.
Al final, ser profesional no significa ser perfecto. Significa hacerse cargo de la calidad de lo que se entrega, aprender de los errores y respetar el tiempo y esfuerzo de quienes trabajan junto a nosotros. Porque el verdadero profesional no es quien nunca se equivoca, sino quien no espera que los demás arreglen constantemente lo que le corresponde hacer.
Crysta Nowell
Psicóloga Industrial / Organizacional, Magíster en Gestión del Talento Humano, asesora en procesos de recursos humanos, capacitadora y especialista en reclutamiento y selección de personal.
OpiniónPsicología
La experiencia mundialista
Destaco tres elementos que he visto: orden, seguridad y espectáculo. Desde el traslado de Nueva York hacia el MetLife Stadium, en Nueva Jersey, hasta el ingreso al recinto.
Asistir a la Copa Mundial de la FIFA 2026 ha sido una de las experiencias más extraordinarias y gratificantes de mi vida. La considero una bendición, no solo por la oportunidad de presenciar partidos de primer nivel, sino por vivir de cerca la fiesta deportiva más importante del planeta.
Durante estos días he tenido la oportunidad de asistir al encuentro entre Brasil y Marruecos, que terminó empatado 1-1, y al partido entre Francia y Senegal, en el que los franceses se impusieron 3-1. Más allá de los resultados, lo impresionante es el ambiente que se vive dentro y fuera de los estadios, donde miles de aficionados de diferentes países comparten una misma pasión.
Uno de los aspectos que más me ha llamado la atención es la organización. Estados Unidos ha demostrado una capacidad extraordinaria para desarrollar un evento de esta magnitud. Destaco tres elementos que he visto: orden, seguridad y espectáculo. Desde el traslado de Nueva York hacia el MetLife Stadium, en Nueva Jersey, hasta el ingreso al recinto, todo está cuidadosamente planificado. Existen múltiples controles de seguridad que garantizan una experiencia tranquila para los asistentes.
También es admirable cómo cada partido se convierte en un espectáculo completo. La música, la animación, la tecnología y la energía de los aficionados hacen que la experiencia vaya mucho más allá de los 90 minutos de juego.
El Mundial no es solamente futbol. Es cultura, convivencia, emoción y aprendizaje. Es la oportunidad de observar cómo un evento deportivo puede unir a miles de personas de diferentes nacionalidades bajo un mismo sentimiento. Vivirlo en primera persona ha sido un privilegio que guardaré para siempre entre los recuerdos más valiosos de mi vida.
César Pérez Méndez
Licenciado en Ciencias de la Comunicación (Usac), con tres maestrías en diferentes campos y Doctor en Investigación en Educación (Usac). CEO de La Voz de Xela, profesor universitario y conferencista.
OpiniónMundial 2026
Privatización e inseguridad en el Complejo Deportivo
El último fin de semana, varios niños que se encontraban jugando en la cancha de futbol (de manera individual, no en equipo) fueron retirados por guardianes del lugar.
El Complejo Deportivo de Quetzaltenango debe ser un espacio público destinado a promover el deporte en niños, jóvenes y adultos, brindando instalaciones adecuadas, seguras y accesibles. Sin embargo, es importante que se den a conocer diversas situaciones que generan preocupación.
El último fin de semana, varios niños que se encontraban jugando en la cancha de futbol (de manera individual, no en equipo) fueron retirados por guardianes del lugar, indicándoles que no podían permanecer en esa área; al preguntar las razones de esta restricción, indicaron que desconocían el motivo, pero que esa era la instrucción que tenían. Lo anterior resulta difícil de comprender, ya que no es posible que en un espacio en donde ningún equipo estaba practicando en ese momento, los niños sean limitados para practicar la actividad para la cual fueron construidas estas instalaciones.
A ello se suma otra situación, porque áreas destinadas a diferentes disciplinas permanecen ocupadas en horarios ordinarios por entrenadores que imparten clases privadas con el respaldo de las asociaciones deportivas. Esto sí debe estar prohibido, ya que se debe garantizar que los espacios públicos no se conviertan en escenarios de aprovechamiento o lucro personal, limitando el acceso de la población en general, limitando el derecho de uso de quienes sostienen estas instalaciones mediante recursos públicos.
También preocupa la falta de criterios uniformes para la supervisión de las normas de convivencia, pues mientras se prohíbe a niños jugar futbol en la cancha, se permitió que una persona adulta permaneciera sobre la pista de atletismo tomando el sol en ropa interior, sin ninguna intervención por parte de los guardianes, pese a la presencia constante de menores de edad.
Estas restricciones y poca seguridad obligan a los padres de familia a pagar en canchas, gimnasios e instalaciones privadas para la práctica de deporte de sus hijos, privatizando de esta manera la práctica de deportes.
Vilma del Rosario Xicará
Con más de 20 años de experiencia en finanzas, auditoría pública, impuestos y rendición de cuentas. Docente universitaria, Contadora Publica y Auditora, y Dra. en Auditoría Gubernamental y Rendición de Cuentas y Transparencia en la función pública.
OpiniónComplejo Deportivo
El valor silencioso de un padre
Hoy honremos a los padres que aman en silencio, que perseveran con valentía y que reflejan, con sus imperfecciones y esfuerzos, destellos del amor.
En el Día del Padre solemos reconocer su esfuerzo y sacrificio, pero pocas veces hablamos de esas virtudes silenciosas que sostienen hogares enteros. Son los hombres que cargan preocupaciones sin compartirlas, que renuncian a sueños personales para abrir caminos a sus hijos, que velan en silencio por la seguridad de su familia y encuentran fuerzas aun cuando están cansados.
Un padre muchas veces ama sin esperar reconocimiento. Su presencia constante, sus consejos oportunos y su capacidad de permanecer firme en medio de las dificultades son expresiones de un amor profundo que rara vez recibe aplausos.
Estas cualidades reflejan, en parte, el corazón de nuestro Padre celestial. Dios también cuida, protege y provee aun cuando no siempre percibimos su obra. Como declara la Escritura: “Como un padre se compadece de sus hijos, así se compadece el Señor de quienes le temen” (Salmo 103:13, NVI). Asimismo, Jesús nos recuerda el amor generoso de Dios al decir: “Si ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en el cielo dará cosas buenas a los que le pidan!” (Mateo 7:11, NVI).
Hoy honremos a los padres que aman en silencio, que perseveran con valentía y que reflejan, con sus imperfecciones y esfuerzos, destellos del amor fiel de nuestro Padre celestial. Su legado no siempre se mide en palabras, sino en vidas transformadas por su ejemplo.
Edwin Ibarra
Médico Especialista en Cardiología y Ecocardiografía. Coach, conferencista y entrenador certificado por el Programa de John Maxwell, Pastor de la Red de Empresarios y Profesionales de Iglesia Bethania Quetzaltenango. Fundador de los Proyectos “Sanando el Corazón” y “Discipulado Empresarial 20/20”.
OpiniónDía del Padre














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